lunes, 10 de agosto de 2009
Mais c'est un rêve
miércoles, 22 de julio de 2009
Paseo nocturno
MACBA, julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
miércoles, 24 de junio de 2009
Lo que dejamos perder
Me imagino a Catherine O’Flynn sentada delante de la pantalla en blanco del ordenador, remangándose las mangas y diciendo: «vamos a revolver conciencias». Pero, antes que nuestro ego pudiera sentirse turbado por sus intenciones, O’Flynn tuvo que pasear su novela por más de veinte editoriales en un camino largo y cada vez más desesperanzado, hasta que Tindal Street Press, un pequeño sello editorial de Birmingham –ciudad natal de la autora donde todavía reside-, decidiera confiar en su debut literario. Apostó y apostó bien. A día de hoy, Lo que perdimos se ha convertido en un fenómeno editorial en veinticinco países (más o menos el número de portazos editoriales recibidos anteriormente) y ha sido galardonada con tres de los más prestigiosos premios literarios en lengua inglesa: el Costa Award, el Galaxy British Award y el Jelf Group Award. Todo un inesperado éxito que una importante productora ya se ha apresurado en explotar, comprando los derechos del libro y llevándolo a la gran pantalla. Que no le pase nada.
Tratar de encajar Lo que perdimos dentro de un subgénero novelístico específico no tiene ningún sentido más que superficial e innecesario. En buena medida, la pieza está contaminada por el aura intrigante que caracteriza al género policíaco, pero no es propiamente una historia de detectives. A su vez, algunos fantasmas (unos más muertos que otros) transitan por los escondrijos del relato, pero no es, en absoluto, una novela de ficción tal y como se suele entender. La opera prima de O’Flynn trata de rehuir la frivolidad de las etiquetas malogradas para configurarse como nada más –y nada menos- que una perfecta radiografía del hombre contemporáneo desde la perspectiva más cotidiana posible; con lo cual resulta fácil, a la par que escalofriante, vernos reflejados en los personajes que en ella aparecen. De este modo, la intriga, los espíritus y el realismo se dan de la mano sin problema y comulgan al unísono con la voluntad de su “dueña”: «vamos a revolver conciencias».
Un ente gigante y deshumanizador es el principal elemento inquietante de la novela. Se trata del ficticio centro comercial Green Oaks, situado hipotéticamente en Birmingham, el cual actúa como lugar de confluencia de los personajes y como telón de fondo de sus vivencias. Green Oaks podría referirse perfectamente a cualquier megacomplejo comercial de los que proliferan incansables en la periferia de nuestras metrópolis. Esta clase de espacios austeros e inmensos empezaron a ponerse de moda hacia los años ochenta, erigiéndose –donde antes había fábricas- como los nuevos paradigmas del ocio, un ocio basado estrictamente en la experiencia consumista. ¿Quién no dedica buena parte de su tiempo libre a comprar? A los personajes de Lo que perdimos les pasa lo mismo. Todos ellos son víctimas oprimidas de éste entorno asfixiante que es Green Oaks y, por ende, del mundo en la que viven, o mejor, en el que se sienten atrapados. También nosotros lo somos.
Una pesadumbre lacerante emana de los pasillos solitarios y paredes silenciosas del centro comercial para recaer sobre los cuerpos de los personajes; sin embargo, ninguno de ellos parece querer remediar esa sensación de asfixia. Un vigilante nocturno, una dependienta de una tienda de discos, unos cuantos clientes anónimos…; todos ellos están atascados en los engranajes de la posmodernidad, lo cual aceptan con una apatía que suele resultar ofensiva al lector, por bien que él también se sabe cautivo de su propia vida. O’Flynn recoge a sus personajes errantes dentro de un shopping mall y de un giro agresivo e irreverente nos enfoca a nosotros, los protagonistas de carne y hueso, con la nitidez de este espejo que es su novela. En Lo que perdimos los individuos no son propietarios de las riendas de sus vidas. Por conformismo o por obligación, por cobardía o por necesidad, los personajes se dibujan como seres solitarios y aturdidos dentro de una realidad que no les satisface, pero que aceptan por ser ésta el resultado de haber sacrificado toda una serie de sueños en pro de una vida ¿mejor?, ¿más segura?, ¿o más aburrida? No obstante, mientras sus insatisfactorias vidas transcurren con forzada tranquilidad, empiezan a resurgir sin permiso los fantasmas de aquello que creían enterrado.
Las apariciones (más bien, alucinaciones) del espíritu de Kate Meany, una niña que solía jugar a detectives en el mismo Green Oaks veinte años atrás antes de desaparecer misteriosamente para siempre, son la personificación de esos fantasmas que vienen a perturbar la calma de aquellos que creen verla vagando en la noche por los pasillos silenciosos del centro comercial. En ella rebota el eco de aquel mensaje subversivo que la autora ha escondido en el interlineado y márgenes del libro: «vamos a revolver conciencias»; vamos a hurgar en ellas, vamos a marearlo todo y vamos a sacar a relucir lo más profundo y oscuro que encontremos. Entonces es cuando los personajes, despojados de sus vestiduras de supuesto bienestar, se nos revelan como individuos estigmatizados por los remordimientos de lo hecho y lo no hecho, culpables de no haber sabido escoger lo correcto en el momento preciso, de haber sacrificado tanto por tan poco. O’Flynn se limita a dejarnos con esta sobrecogedora fotografía sin ningún afán, aparentemente, moralizador. Pero, lo cierto es que, tras cerrar el libro, el lector siente la imperiosa necesidad de reordenar y cambiar algunos aspectos de su vida para que, si un día se le apareciera el fantasma de alguna Kate -un alma inocente, curiosa y llena de vitalidad-, no le pille desprevenido.
Por supuesto, la novela también nos ofrece algunas notas de humor británico subministradas, eso sí, en pequeñas y estratégicas dosis. Hay, sin embargo, una mezcla de tedio y tímida sorna en estos escasos soplos de aire fresco (lo que viene siendo el típico british sense of humour), lo cual termina por enfatizar, aún más, la tristeza que caracteriza al relato y a sus personajes. El ojo antropológico y sociológico de la autora, cuya formación en ambas disciplinas es evidente, no puede ni quiere detenerse en una mirada simple y superficial. Por eso, la cotidianeidad de los temas que trata y la cotidianeidad –también- con que lo hace no son, ni mucho menos, indicios de una actitud poco implicada por parte de la autora, sino el resultado de un minucioso análisis del mundo en el que vivimos y de las personas que lo transitamos. Lo que perdimos es, pues, una novela insultantemente ordinaria, terriblemente real.
Me imagino a Catherine O’Flynn expresando con palabras todo aquello que Edward Hopper –con sus escenas de autómatas melancólicos- solo llegó a mostrarnos con sus pinceladas de grises policromos, cuando una serie de cambios y el progreso irrefrenable empezaban a anunciar intuitivamente el advenimiento de una nueva era: la que Lo que perdimos nos (re)cuenta.

E. HOPPER, Summer evening
sábado, 20 de junio de 2009
Patrimonio y turismo
martes, 9 de junio de 2009
Estima

viernes, 29 de mayo de 2009
Sinfonía de polos opuestos

No forma parte del panteón cinematográfico norteamericano en ninguno de sus aspectos, lo cual basta para pronosticarle con casi total firmeza un triste porvenir. Un director y guionista como Tom McCarthy, más asiduo sobre la pantalla que detrás de ella; un personaje principal como Richard Jenkins, arraigado actor de reparto pese a su brillante labor interpretativa; otros tres actores como Haaz Sleiman, Danai Gurira y Hiam Abbass, que nos suenan más a postres de un restaurante libanés que a honorables deidades hollywoodienses; y un escaso presupuesto; son factores que condenan cualquier película sin piedad, obligándola a pasar sin pena y sin gloria por la historia del cine. Sorprendentemente y lejos de las conjeturas, The Visitor ha conseguido generar un cierto interés y un moderado éxito más allá de las fronteras del cine independiente sin dejar de ser fiel al credo indie. En realidad se trata de una modesta victoria al lado de otras producciones, pero es de la que no se gana con galardones favoritistas.
McCarthy debutó como director en 2003 con The Station Agent, traducida al español como Vías Cruzadas, y ahora repite experiencia -y triunfo- con esta delicada historia sobre las relaciones humanas expresada a través de contrastes y de convergencias. Walter Vale, interpretado por el hasta ahora discreto Richard Jenkins, es un viudo profesor universitario que deambula buscando, sin mucho empeño ni mucho éxito, algún aliciente que le devuelva las ganas de vivir. Hasta que un buen día es enviado a Nueva York por cuestiones de trabajo y al llegar a su olvidado apartamento se encuentra con unos desconocidos inquilinos que llevan dos meses viviendo allí, víctimas de una estafa inmobiliaria. Son el sirio Tarek (Haaz Sleiman), su novia, la senegalesa Zainab (Danai Gurira), y más tarde su madre, Mouna (Hiam Abbass), quiénes contribuirán al progresivo resurgimiento emocional de Walter, por bien que ello será, en buena medida, gracias a una serie de complicaciones.
The Visitor es una sinfonía de duetos protagonizada por voces completamente dispares que topan aquí con una excusa para encontrarse y convivir. De la historia se desprenden dos discursos distintos: uno de carácter social, como es el tema de la imigración, y otro con un tono más personal, como es el paulatino renacer de la ilusión perdida. Si bien ambos se desarrollan paralelamente a lo largo del film, el segundo lo hace de forma positiva en detrimento del primero, el cual sufre una evolución regresiva. Por otro lado, el temperamento frio y distante que caracteriza a los personajes al principio del relato guarda algunos ladrillos con los que cada uno de ellos está dispuesto a construir un puente de unión, de modo que la hostilidad inicial termina por convertirse en empatía y comprensión. Todo esto reforzado a través de la música, la cual podríamos considerar un personaje más de la historia. Walter, en uno de sus infructuosos intentos de encontrar algo que motive su existencia, prueba de aprender a tocar el piano, aunque ello solo le sirve para sentirse aún más fracasado. En cambio, cuando Tarek le descubre el djembé, la vida del protagonista empieza a reanimarse a ritmo de percusión. El contraste entre la sobriedad del piano, tan representativo del mundo occidental, y la fogosidad de los tambores africanos es otra de las dualidades convergentes de esta historia.
Es la concomitancia -a veces, incluso, la fusión- inesperada de estos contrastes, lo que convierte a The Visitor en una pieza realmente encantadora; sin dejar de lado, por supuesto, el increíble trabajo de las personas implicadas en el proyecto, a pesar de no ser éstas de las más destacadas del “mundillo” cinematográfico, al menos no en el rol que aquí les ha tocado jugar.
El más reciente film de McCarthy se podría catalogar como un drama contenido que, incluso en la situación más adversa, nunca deja de mantener su compostura, evitando caer así en el recurso fácil de las emociones sobrecargadas. Por otro lado, el espectador es el niño pegado al cristal del escaparate que admira el juguete que le traerán los Reyes Magos y, al mismo tiempo, es ese mismo niño desconcertado después de abrir todos los paquetes y descubrir que lo que tanto deseaba no está. The Visitor nos ofrece un bonito y ameno diálogo intercultural -quizás un poco idílico, pero no imposible- en el que todos los personajes son visitantes que progresivamente van despojándose de sus prejuicios y abriéndose al otro, y por tanto, a ellos mismos. En contraste y basándose en el tema de la inmigración musulmana en EUA, la película desmiente una vez más el American dream, aquel discurso sobre una tierra utópica con oportunidades para todos que ya nadie se cree.
De este modo, uno ya no sabe si creer en el optimista diálogo y encuentro que promulga J. M. Esquirol en su libro Uno mismo y los otros (Herder, Barcelona, 2004), o hacer caso a Rousseau cuando dice que el nacimiento del sentido de la propiedad ha llevado a nuestra especie al ocaso. Seguramente lo más plausible sea pensar que quizás ambos tengan razón; y este es, de hecho, el mensaje que The Visitor quiere transmitir. Porque en la vida real, el hombre es, ha sido y será siempre, una marioneta en manos de la ley que él mismo ha creado y aceptado, pero, a su vez, es, ha sido y será siempre, una pequeña Antígona dotada de un humanismo por encima de lo escrito.
The Visitor es, en definitiva, un conmovedor relato polifónico sobre la vida: a veces de cara, otras de espaldas; y sobre la naturaleza contradictoria de las relaciones humanas: a veces conciliadora, otras excluyente.
SOBRE MI
- ASTRID G.
- Tengo veintiún años y desde hace cuatro frecuento la carrera de Humanidades y otros lugares de alterne por el estilo. Soy inquieta, inconstante e inestable. Adoro la calma, pero mi vida es un caos.

